viernes, 19 de diciembre de 2014

CUENTO DE NAVIDAD

Han pasado dos semanas desde la última vez que escribí por acá. Los diversos compromisos que he adquirido me tienen con muy poco tiempo libre, y esta semana no ha sido la excepción. Por esta razón, y para darle continuidad al blog, les comparto el cuento que escribí para el taller literario, a ver que les parece:

ABLUSIÓN
Christian Pomar Rodríguez

I

Pasó sigilosamente de su pieza a la cocina, evitando ser visto desde el living. Luego avanzó aceleradamente hacia la logia y notó que la puerta que daba al patio estaba abierta. Prosiguió caminando, sin hacer ruido, con toda la prisa de que eran capaces sus débiles piernas.

La parte trasera de la casa, no siendo muy espaciosa, había permitido a sus moradores ingeniárselas para que terraza, quincho y piscina convivieran en perfecta armonía, sin dar la impresión de desorden o amontonamiento. Danilo siempre quiso sumergirse en esas atrayentes aguas que auguraban alivio del inclemente sol, acosador tenaz desde el principio del verano. Se acordó de cuando lo bañaba su madre: el agua ligeramente tibia, la espuma del jabón, su barquito flotando al son de la marea que él mismo creaba; todo aquello le parecía una experiencia muy divertida, pero no comparable a lo entretenido que debería ser bañarse en esa gran tina azul. Por eso no comprendía que sus padres se la prohibieran, y había resuelto embarcarse en la gran aventura apenas tuviese una posibilidad, lo que finalmente estaba ocurriendo.

Un solo obstáculo le quedaba por sortear antes de fundirse con el agua…: la reja que rodeaba la piscina. Y aunque aún era muy pequeño, demostró gran ingenio al percatarse de una rendija en que podía apoyar un pie para alcanzar la parte superior de la valla, tras lo cual se dejó caer hacia el lado interior, dando blandamente sobre el pasto.

Se sacudió y analizó la situación. La bañera estaba instalada encima de la superficie, por lo que había que subir hasta ella para poder usarla, pero en el caso de la piscina toda el agua, que tanto brillaba ahí bajo la luz del día, se encontraba en un gran hoyo. “¿Deberé simplemente saltar?” se preguntó.
Su indecisión continuaba cuando súbitamente escuchó risas que provenían del interior de la casa. “Tengo que lanzarme ahora, porque si mi mamá llega me va a sacar de aquí” pensó. Sin meditarlo más, brincó e inmediatamente sintió que el agua era más fría de lo que esperaba, peor aún, se hundía en ella: el agua lo arrastraba hacia el fondo y por más que él pataleaba no lograba mantenerse a flote. En su desesperación, recordó la vez que tragó, sin quererlo, agua en la ducha y estuvo tosiendo largo rato: “¿Si me hundo me pasará lo mismo que esa vez?”, se preguntaba mientras movía los brazos con fuerza y mantenía la boca apretada.

Su lucha duró algunos minutos, pero sus fuerzas comenzaban a abandonarlo. Sus músculos, extenuados y sin preparación para semejante desafío, ya no respondían a las órdenes del cerebro y, así, su cuerpecito fue hundiéndose lentamente.

Un poco por instinto, un poco por experiencia, atinó a no respirar, pero sus pulmones no lograron retener oxígeno mucho tiempo.  Tuvo que exhalar lo que le quedaba de aire, instante que las profundidades aprovecharon para succionarlo hasta un lugar en el cual nunca imaginó estar.
El espanto lo dominó por completo y, ya en la desesperación de respirar, inhaló líquido por nariz y boca; al cabo de algunos segundos perdió el conocimiento.


II

A Matilde le encantaba la navidad, todo lo que representa la fascinaba y siempre se esmeraba por dejar su casa llena de luces, renos, estrellas, viejos pascueros, bastoncitos rojos y cuanto artilugio se ha concebido para celebrar esta festividad. Pero en medio del antejardín erigía el más admirable y bello de todos: un pesebre de tamaño natural.

La tarea de recrear el nacimiento de Jesús no era sencilla, pues requería de muchos detalles de confección. Por eso es que durante esos días era habitual verla trabajar arduamente junto a su madre en lo que todo el vecindario consideraba una obra de arte.

- Y Jorge, ¿te acompañará a la misa de navidad este año? –preguntó doña Rosa.

- No lo sé, no he querido presionarlo  –respondió Matilde, tras lo cual alzó su vista al cielo, como echando una plegaria, y continuó: -No pierdo las esperanzas de que algún día se levante y me diga simplemente “Hoy te acompaño mi amor.”

- Siempre pensé que su ateísmo les podría dar problemas en el matrimonio, hija mía, pero es un hombre tan bueno, probablemente más santo que cualquier católico que ande por ahí, así que uno no puede dejar de pensar que ya se ganó el cielo.

Matilde le sonrió con ternura y luego dijo:
-Yo también tenía mis dudas cuando me casé. Siempre soñé que podría criar a mis hijos en la fe junto a mi marido, tú lo sabes, pero, aunque las cosas no se dieron de esa forma, todos los días le agradezco a Dios por tenerlo a mi lado. Con todo lo que la superstición y la incredulidad han ganado terreno en nuestros días, supongo que ya no es raro encontrar una católica y un ateo lado a lado. Para mí, si algo tiene esta fecha, es que me llena el corazón. Me asombra pensar que quien hizo el mundo, vino a visitarlo en persona, me sobrecoge, y por eso le rindo homenaje a este maravilloso misterio todos los años, construyendo el pesebre, a la espera que Jorge algún día entienda el sentido.

- No debes desesperar, hija, Dios tiene sus tiempos.

- Muy cierto, mamá, la fe es como el oro, ¿te acuerdas? Su calidad debe ser probada por medio del fuego.

La radio del patio, que estaba programada para prenderse todos los días a las catorce horas en punto, comenzó a tocar un antiguo compact disc de villancicos que Matilde había puesto el día anterior. Así, la melodía de El Tamborilero irrumpió alegremente en living de la casa.

- ¿Y eso?

- Es solo la radio que se activa a esta hora todos los días, nunca logré aprender a resetearla. Voy al patio a apagarla, y tú mientras tanto podrías ir a la pieza de Danilo a ver cómo está…

Matilde se levantó de su silla y se dirigió a la parte posterior de la casa mientras tarareaba dulcemente: “Mas Tú ya sabes que soy pobre también, y no poseo más que un viejo tambor rom pom pom pom, rom pom pom pom...”

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