ABLUSIÓN
Christian Pomar
Rodríguez
I
Pasó sigilosamente de su pieza a la cocina, evitando ser
visto desde el living. Luego avanzó aceleradamente hacia la logia y notó que la
puerta que daba al patio estaba abierta. Prosiguió caminando, sin hacer ruido, con
toda la prisa de que eran capaces sus débiles piernas.
La parte trasera de la casa, no siendo muy espaciosa, había
permitido a sus moradores ingeniárselas para que terraza, quincho y piscina
convivieran en perfecta armonía, sin dar la impresión de desorden o
amontonamiento. Danilo siempre quiso sumergirse en esas atrayentes aguas que
auguraban alivio del inclemente sol, acosador tenaz desde el principio del
verano. Se acordó de cuando lo bañaba su madre: el agua ligeramente tibia, la
espuma del jabón, su barquito flotando al son de la marea que él mismo creaba;
todo aquello le parecía una experiencia muy divertida, pero no comparable a lo
entretenido que debería ser bañarse en esa gran tina azul. Por eso no
comprendía que sus padres se la prohibieran, y había resuelto embarcarse en la gran
aventura apenas tuviese una posibilidad, lo que finalmente estaba ocurriendo.
Un solo obstáculo le quedaba por sortear antes de fundirse
con el agua…: la reja que rodeaba la piscina. Y aunque aún era muy pequeño,
demostró gran ingenio al percatarse de una rendija en que podía apoyar un pie para
alcanzar la parte superior de la valla, tras lo cual se dejó caer hacia el lado
interior, dando blandamente sobre el pasto.
Se sacudió y analizó la situación. La bañera estaba instalada
encima de la superficie, por lo que había que subir hasta ella para poder usarla,
pero en el caso de la piscina toda el agua, que tanto brillaba ahí bajo la luz
del día, se encontraba en un gran hoyo. “¿Deberé simplemente saltar?” se
preguntó.
Su indecisión continuaba cuando súbitamente escuchó risas
que provenían del interior de la casa. “Tengo que lanzarme ahora, porque si mi mamá
llega me va a sacar de aquí” pensó. Sin meditarlo más, brincó e inmediatamente sintió
que el agua era más fría de lo que esperaba, peor aún, se hundía en ella: el
agua lo arrastraba hacia el fondo y por más que él pataleaba no lograba
mantenerse a flote. En su desesperación, recordó la vez que tragó, sin quererlo,
agua en la ducha y estuvo tosiendo largo rato: “¿Si me hundo me pasará lo mismo
que esa vez?”, se preguntaba mientras movía los brazos con fuerza y mantenía la
boca apretada.
Su lucha duró algunos minutos, pero sus fuerzas comenzaban a
abandonarlo. Sus músculos, extenuados y sin preparación para semejante desafío,
ya no respondían a las órdenes del cerebro y, así, su cuerpecito fue
hundiéndose lentamente.
Un poco por instinto, un poco por experiencia, atinó a no
respirar, pero sus pulmones no lograron retener oxígeno mucho tiempo. Tuvo que exhalar lo que le quedaba de aire,
instante que las profundidades aprovecharon para succionarlo hasta un lugar en
el cual nunca imaginó estar.
El espanto lo dominó por completo y, ya en la desesperación
de respirar, inhaló líquido por nariz y boca; al cabo de algunos segundos
perdió el conocimiento.
II
A Matilde le encantaba la navidad, todo lo que representa la
fascinaba y siempre se esmeraba por dejar su casa llena de luces, renos,
estrellas, viejos pascueros, bastoncitos rojos y cuanto artilugio se ha concebido
para celebrar esta festividad. Pero en medio del antejardín erigía el más admirable
y bello de todos: un pesebre de tamaño natural.
La tarea de recrear el nacimiento de Jesús no era sencilla,
pues requería de muchos detalles de confección. Por eso es que durante esos
días era habitual verla trabajar arduamente junto a su madre en lo que todo el
vecindario consideraba una obra de arte.
- Y Jorge, ¿te acompañará a la misa de navidad este año? –preguntó
doña Rosa.
- No lo sé, no he querido presionarlo –respondió Matilde, tras lo cual alzó su vista
al cielo, como echando una plegaria, y continuó: -No pierdo las esperanzas de
que algún día se levante y me diga simplemente “Hoy te acompaño mi amor.”
- Siempre pensé que su ateísmo les podría dar problemas en
el matrimonio, hija mía, pero es un hombre tan bueno, probablemente más santo
que cualquier católico que ande por ahí, así que uno no puede dejar de pensar
que ya se ganó el cielo.
Matilde le
sonrió con ternura y luego dijo:
-Yo también
tenía mis dudas cuando me casé. Siempre soñé que podría criar a mis hijos en la
fe junto a mi marido, tú lo sabes, pero, aunque las cosas no se dieron de esa
forma, todos los días le agradezco a Dios por tenerlo a mi lado. Con todo lo
que la superstición y la incredulidad han ganado terreno en nuestros días, supongo
que ya no es raro encontrar una católica y un ateo lado a lado. Para mí, si
algo tiene esta fecha, es que me llena el corazón. Me asombra pensar que quien
hizo el mundo, vino a visitarlo en persona, me sobrecoge, y por eso le rindo
homenaje a este maravilloso misterio todos los años, construyendo el pesebre, a
la espera que Jorge algún día entienda el sentido.
- No debes desesperar, hija, Dios tiene sus tiempos.
- Muy cierto, mamá, la fe es como el oro, ¿te acuerdas? Su
calidad debe ser probada por medio del fuego.
La radio del patio, que estaba programada para prenderse
todos los días a las catorce horas en punto, comenzó a tocar un antiguo compact disc de villancicos que Matilde
había puesto el día anterior. Así, la melodía de El Tamborilero irrumpió alegremente en living de la casa.
- ¿Y eso?
- Es solo la radio que se activa a esta hora todos los días,
nunca logré aprender a resetearla. Voy
al patio a apagarla, y tú mientras tanto podrías ir a la pieza de Danilo a ver
cómo está…
Matilde se levantó de su silla y se dirigió a la parte
posterior de la casa mientras tarareaba dulcemente: “Mas Tú ya sabes que soy pobre también, y no poseo más que un viejo
tambor rom pom pom pom, rom pom pom pom...”
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